Por qué los mejores puentes de piedra se construyeron cuando ya eran «obsoletos»

Puente de Cangas de Onís, sobre el Sella (Asturias). Imagen: V. Yepes

La historia de la técnica suele guardar sus mejores secretos para el momento del adiós. Existe una belleza melancólica en la forma en que la ingeniería de sillería alcanzó su cenit técnico y estético precisamente cuando el hierro y el hormigón ya reclamaban el trono de la modernidad. No fue bajo el mando de las legiones romanas ni durante el florecimiento renacentista cuando el arco de piedra alcanzó su máxima esbeltez, sino en los siglos XVIII y XIX. Como bien advirtió Jean Mesqui, este fenómeno marca la frontera entre la «era de los arquitectos», en la que la construcción era un arte intuitivo, y la «era de los ingenieros», donde el cálculo y la institucionalización elevaron la piedra a un nivel de eficiencia que desafiaba su propia naturaleza mineral.

A continuación, analizamos el texto del ingeniero Leonardo Fernández Troyano, que trata de la evolución histórica de los puentes de piedra y se centra especialmente en la transición hacia la era de los ingenieros en el siglo XVIII.

El divorcio histórico: cuando el ingeniero se separó del arquitecto (1716)

Durante milenios, el constructor fue un polímata. Leonardo da Vinci se vendía como ingeniero militar antes que como artista, y Galileo lamentaba que su genio inventivo le robara tiempo a la ciencia pura. Sin embargo, la creciente complejidad de las obras públicas forzó una ruptura irreversible. En 1716, Francia creó el cuerpo de Ingénieurs de Ponts et Chaussées, separándolos de los Arquitectos al Servicio del Rey.

Esta profesionalización cambió las reglas del diseño. El Pont Royal de Jacques IV Gabriel sobre el Sena se erigió como el canon estético de la centuria, pero fue su hijo, Jacques V Gabriel, quien marcó el inicio de esta nueva era con el puente sobre el Loira en Blois. Es una composición de elegancia docta: un «lomo de asno» perfecto con arcos de luz decrecientes desde el centro, donde la piedra comienza a comportarse con una disciplina matemática hasta entonces desconocida.

El Pont Royal de Jacques IV Gabriel sobre el Sena. Por Jean-François Gornet – Flickr: Pont royal, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=17745343

La gran paradoja: la evolución máxima en tiempo de anacronismos

Resulta un anacronismo fascinante que, mientras el siglo XIX se entregaba febrilmente al metal y a los puentes colgantes, la piedra viviera su mayor salto evolutivo. No era una simple inercia del pasado, sino la aplicación de la nueva ciencia del cálculo a un material milenario. El ingeniero del XVIII, armado con la teoría de las bóvedas y la institucionalización de la École, llevó la piedra más allá de lo que los romanos jamás soñaron.

«En ambas clasificaciones que hemos visto —según los materiales o según la era de los ingenieros—, el segundo periodo se inicia en el siglo XVIII; sin embargo, en él se siguieron construyendo puentes de piedra en gran cantidad, aunque pueden considerarse anacrónicos porque es la época de los puentes metálicos y colgantes. Se da, además, la paradoja de que en el siglo XVIII, a finales del primer periodo o a principios del segundo, los puentes de piedra experimentaron su mayor evolución.»

Jean-Rodolphe Perronet: El ingeniero que convirtió la construcción en espectáculo

Si la ingeniería de piedra tuvo un genio revolucionario, ese fue Jean-Rodolphe Perronet. Para él, el puente no era una masa inerte, sino un equilibrio dinámico de fuerzas. Sus innovaciones no solo fueron técnicas, sino que transformaron la fisonomía de las ciudades:

  • La transparencia de las pilas: Perronet rompió el dogma de Alberti, que desde el siglo XV exigía pilas de 1/5 de la luz del arco. Al comprender que los empujes se compensan cuando los arcos son iguales, redujo el ancho a 1/10. Esta esbeltez otorga a sus puentes una transparencia visual que prefigura la ligereza de las estructuras modernas de hormigón armado, en las que el soporte parece desvanecerse para dejar paso al agua.
  • El teatro del descimbrado: Para que sus pilas estilizadas no colapsaran por empujes asimétricos, Perronet ideó el descimbrado simultáneo. El evento era un espectáculo cortesano: el propio Luis XV asistió al puente de Neuilly para escuchar el crujir de la madera bajo la tensión extrema antes de que la piedra se hiciera dueña de su propio peso. Esta precisión en la maniobra es el antecedente directo de los complejos sistemas de cimbras móviles y gatos hidráulicos de la ingeniería actual.
  • El rebajamiento extremo: En el puente de Nemours, Perronet alcanzó un rebajamiento de 1/15, una cota casi imposible para la sillería. El arco está tan tendido que su silueta se confunde con la de una viga de hormigón de canto variable del siglo XX, desafiando la percepción de estabilidad que el ojo humano asocia con el arco de medio punto.
Grand pont de Nemours. By Chabe01 – Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=63384411

Gigantes ferroviarios: El regreso de la ingeniería romana en el siglo XIX

La llegada del ferrocarril impuso una escala colosal. Los trenes requerían trazados horizontales, lo que obligó a recuperar la monumentalidad de los acueductos romanos, como el Pont du Gard. Pero la ingeniería decimonónica no se limitó a copiar el pasado; lo refinó.

Inicialmente, se utilizaron niveles superpuestos de arcos de arriostramiento, como en los viaductos de Göltzsch o Chaumont. Sin embargo, la evolución técnica permitió pasar de la superposición a la continuidad vertical. El «eslabón perdido» de esta transición se halla en el Acueducto de los Milagros de Mérida, donde las pilas ya mostraban una verticalidad enfatizada y los arcos intermedios servían de arriostramiento puro. Esta lógica culminó en obras como el Viaducto de Crueize de Léon Boyer, cuyas pilas exentas de 63 metros carecen de arcos intermedios. Es una estética de «pilares limpios» que solo encuentra un precedente remoto en la audacia del puente romano de Alcántara.

Viaducto de Crueize. By Quoique – Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=58397725

De Londres a China: El canto del cisne de la piedra

El final de la era de la piedra dejó un epílogo singular. El London Bridge de 1831, tras cumplir su ciclo en el Támesis, fue trasladado, piedra a piedra, al desierto de Arizona en 1971. En Europa, Paul Séjourné cerró el libro de honor con obras maestras como el viaducto de Fontpedrouse, donde un arco ojival sostiene, con un alarde de ingenio, una de las pilas del viaducto superior.

London Bridge in Lake Havasu City. By Guninvalid – Own work, CC0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=179047851

Aunque en Occidente la piedra pareció rendirse, en Oriente encontró un último refugio de grandeza. En el año 2000 se completó el puente de Danhe en China; con 146 metros de luz, ostenta el récord mundial, demostrando que la sillería aún podía conquistar récords en el umbral del tercer milenio.

Puente de Danhe en China. https://highestbridges.com/wiki/index.php/Danhe_Bridge

La herencia invisible: piedra en la era del acero y el hormigón

La piedra no murió; simplemente se volvió discreta. Durante décadas, sirvió como piel noble para el acero y el hormigón. Las torres del Puente de Brooklyn son arcos ojivales de piedra, y el proyecto original del Puente George Washington en Nueva York preveía forrar su esqueleto metálico con sillería, una idea que solo la Gran Depresión logró descartar.

Hoy, esa herencia es una «invisibilidad» protectora. En rehabilitaciones como la del Puente del Diablo en Martorell, el arco apuntado que vemos es una reconstrucción de 1965 que esconde un alma de hormigón bajo una piel de piedra que reproduce fielmente el intradós del siglo XIII. Es el triunfo de la memoria sobre la materia.

Puente del Diablo, en Martorell. Por Charles Clifford (1819 – 1862)Detalles del artista en Google Art Project – TQFBeJnq1nzZ3g en el Instituto Cultural de Google resolución máxima, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=21977381

Conclusión: El puente como organismo vivo

El ingeniero moderno ha dejado de ser solo un constructor para convertirse en un gestor del patrimonio. Las intervenciones en Madrid sobre los puentes de Segovia y de Toledo ilustran esta faceta. La canalización del Manzanares había «enterrado» los arcos de estos colosos, pero ingenieros como Vicente Olmo supieron devolverles su fisonomía original mediante estanques que recuperaron el cauce antiguo.

En este punto surge el conflicto intelectual: cuando se propuso ensanchar el Puente de Toledo, el gran Carlos Fernández Casado se opuso con vehemencia, argumentando que el puente era una «estructura tridimensional barroca» cuya integridad no admitía alteraciones superficiales. Su defensa del puente como obra de arte total subraya la nobleza del material. Al cruzar hoy estos puentes, cabe una reflexión final: ¿serán nuestras actuales estructuras de hormigón y acero capaces de envejecer y adaptarse con la misma dignidad con la que la piedra ha atravesado los siglos? La respuesta permanece grabada en la sillería que, impertérrita, sigue sosteniendo nuestro camino.

Referencia:

Fernández Troyano, L. (2017). Los puentes de piedra en la era de los ingenieros. En F. J. León & J. M. Goicolea Ruigómez (Eds.), Los puentes de piedra (o ladrillo) antaño y hogaño (pp. 81-93). Fundación Juanelo Turriano. 

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La Escuela de Caminos y el nacimiento de la Movida Madrileña: un análisis histórico y cultural

El presente artículo, basado en una conferencia del catedrático Vicente Negro, que puede verse al final del artículo, analiza el papel fundamental que desempeñó la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid como catalizador de la «movida madrileña». El evento central de esta transformación fue el concierto homenaje a José Enrique Cano, «Canito», celebrado el 9 de febrero de 1980 en el salón de actos de la escuela. Este hito no fue un hecho aislado, sino la culminación de un proceso de cambio ideológico, humanístico y creativo que permitió la transición de una universidad altamente politizada hacia una explosión de libertad artística y provocación. La participación activa de figuras académicas e institucionales de la ingeniería de caminos fue determinante para proporcionar el espacio y el apoyo necesarios que convirtieron a la escuela en el epicentro de la «edad de oro del pop español».

Madrid atesora en sus cimientos una paradoja fascinante que desafía la rigidez de sus estructuras. Resulta casi onírico imaginar que el movimiento cultural más disruptivo y colorido de la España contemporánea, que barrió definitivamente el polvo de los tiempos grises, tuviera su epicentro entre los cálculos de hormigón y los proyectos de infraestructura. Sin embargo, la Escuela de Caminos de Madrid no solo fue un centro de excelencia técnica, sino también el laboratorio donde se cocinó una transformación humanística sin precedentes, un lugar donde la fragilidad del pasado dio paso a una transgresión vitalista.

1. El epicentro del terremoto: la Escuela de Caminos como cuna fundacional.

Si la Movida Madrileña tiene una fecha de nacimiento oficial, esta se fijó el 9 de febrero de 1980. Aquel día, el salón de actos de la Escuela de Caminos dejó de ser un recinto de sobriedad académica para convertirse en el escenario que hoy se reconoce como el «acto fundacional» del movimiento.

No obstante, la semilla ya había germinado mucho antes: la Asociación Cultural Caminos llevaba activa desde 1973, intentando oxigenar un ambiente universitario asfixiado por la política. Históricamente, esta institución ha dado al país figuras insignes como Echegaray o Sagasta, pero, en aquella jornada de febrero, la ingeniería no ofreció puentes de acero, sino de «ritmo y armonía». Desde la perspectiva del cambio histórico, ciertos hitos transforman la realidad en un suspiro.

«Como decía Antonio Vega, la vida es una décima de segundo; es un momento en una agenda».

2. Un tributo que cambió la historia: el factor «Canito».

El motor de esta explosión no fue una estrategia comercial, sino un profundo sentimiento de pérdida y lealtad. El concierto nació como un homenaje a José Enrique Cano, «Canito», batería del grupo Tos (embrión de Los Secretos), quien falleció en un trágico accidente de tráfico en la carretera de La Coruña, a la altura de La Navata, la nochevieja de 1979.

La gestación del evento tuvo un aura casi mística. La idea surgió en una conversación con Javier Urquijo en el despacho de la torre de la escuela y se terminó de perfilar entre las barras de bares ya legendarios como el Penta y la Vía Láctea. Se eligió Caminos por la conexión familiar de los Urquijo —cuyo padre era ingeniero— y por contar con el mejor salón de actos universitario de la capital.

Aquella noche, el cartel fue una declaración de intenciones:

  • Tos
  • Mamá
  • Nacha Pop

3. De la canción protesta a la explosión de color.

El evento simbolizó una transición ideológica radical. Quedaba atrás la estética de la resistencia de 1976, cuando festivales como el de Canto Blanco se llenaban de pasquines y la canción protesta de Raimon o Labordeta marcaba el pulso de la calle. De aquellos «tiempos grises» se pasó a ver sombras en color y a plantar «árboles de ilusión».

Fue el momento en que el sol comenzó a «secar la ropa de la vieja Europa», dando paso a la Edad de Oro del pop español. La libertad ya no solo se gritaba en asambleas politizadas, sino que se celebraba con luz y sonido, bajo la premisa de que la existencia misma es un acto de libertad creativa.

«La vida no vale nada si tengo que posponer otro minuto de ser». —Pablo Milanés.

4. Los «influencers» de los 80: visionarios y protectores.

Lo que hoy recordaríamos como un «desmadre salvaje» fue posible gracias a una inusitada complicidad institucional. Es conmovedor pensar que autoridades académicas de la talla de Enrique Balaguer, José Antonio Fernández Ordóñez o José Antonio Torroja permitieran que el latido perdido de la universidad se recuperara mediante la provocación.

Este «hervidero» cultural no habría trascendido sin los altavoces adecuados. Los locutores de la época actuaron como verdaderos guías de este nuevo universo. Nombres como Juan de Pablos, Diego Manrique, Carlos Tena, Gonzalo Garrido o Mario Armero fueron quienes retransmitieron ese rugido salvaje y convirtieron un concierto gratuito en un mito nacional.

5. La ingeniería como armonía: una nueva perspectiva.

Desde la crónica cultural, entendemos que la ingeniería no solo es construcción, sino que, en esencia, es «ritmo, ritmicidad, armonía y composición». Aquellos estudiantes, a los que hoy llamaríamos influencers, eran en realidad «vagabundos en las cenizas de la noche», espíritus libres y versos sueltos que supieron que la técnica y el arte comparten un mismo fin: habitar el mundo de una forma más bella. Como pioneros, esos jóvenes hicieron historia en la música al entender que un diseño estructural también puede ser una partitura.

6. Conclusión: el eco de un latido que no cesa.

La Movida fue un episodio real de cambio que alteró para siempre el pulso de la sociedad española. Al recorrer hoy los pasillos de la Escuela de Caminos, parece que el eco de las guitarras de 1980 sigue suspendido en el aire, recordándonos que solo se muere cuando se olvida. Aquellos «flipados» crearon un universo de galaxias y sueños que aún hoy nos cuesta abandonar.

«Recordar es fácil para quien tiene memoria; olvidarse es difícil para quien tiene corazón». —Gabriel García Márquez.

Al cerrar esta crónica, nos queda la inquietud de mirar a nuestro alrededor y preguntarnos: ¿en qué laboratorios, despachos o aulas aparentemente rígidas de hoy se estará gestando la próxima revolución del espíritu? Es tan alucinante el recuerdo de aquella efervescencia que, como quien no quiere despertar de un sueño compartido, tal y como nos dice Vicente Negro, solo nos queda decir:

«Hoy no me quiero levantar». — Mecano.

Aquí os dejo la conferencia que impartió Vicente Negro; espero que os guste.

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José Entrecanales Ibarra: el ingeniero que construyó un imperio

José Entrecanales Ibarra (Bilbao, 16 de diciembre de 1899 – Madrid, 11 de febrero de 1990)

José Entrecanales Ibarra nació en Bilbao el 16 de diciembre de 1899. Era el hijo mayor de José Entrecanales Pardo, médico pediatra cántabro, y de Delfina Ibarra Zubieta, bilbaína. Cuando Delfina murió, su padre volvió a casarse con María Ibarra, hermana de la fallecida, con quien tuvo otros tres hijos: Pilar, José Luis, que siguió los pasos de su padre en la medicina, y Jesús, que se dedicó a la abogacía.

Formación: de Bilbao a la Escuela de Caminos.

José Entrecanales cursó sus estudios primarios en el Instituto Vizcaíno de Bilbao. A los diecisiete años se trasladó a Madrid para preparar, en la academia Krahe, el acceso a la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, la única que existía entonces en España. Entrar no era sencillo, ya que había que superar un examen de ingreso muy exigente. Quienes lo conseguían y aprobaban todos los cursos pasaban a formar parte del cuerpo de funcionarios del Estado como ingenieros de caminos o ayudantes de obras públicas. Solo podían pedir la excedencia y pasar al sector privado si conseguían un puesto en una empresa cuya actividad se considerase de interés nacional.

Entrecanales ingresó en la escuela en 1917, a los dieciocho años, y terminó la carrera en enero de 1924 como el número uno de su promoción. Tras terminar la carrera, en 1924 obtuvo una beca de ampliación de estudios de tres meses en Francia, Bélgica y Holanda, centrada en la construcción marítima en el mar del Norte. Posteriormente, publicó artículos en la Revista de Obras Públicas sobre técnicas europeas aplicables a España.

Los primeros pasos profesionales (1924-1928).

Tras graduarse, volvió a su Bilbao natal para iniciar su carrera y se incorporó a la Junta de Obras del Puerto de Bilbao. Poco después, también trabajó para el ingeniero y constructor Eugenio Ribera. En 1926 dio el salto al sector privado, aunque sin abandonar del todo su vínculo con la administración, al incorporarse a la empresa Construcciones Hidráulicas y Civiles, conocida como Hidrocivil, donde ocupó el puesto de jefe de la oficina técnica. No permaneció allí más de dos años.

Su relación con lo público continuó de forma puntual en años posteriores: en 1929 fue nombrado miembro de la Comisión Mixta de Marina y Obras Públicas y, en 1937, ejerció como ingeniero director de la Oficina Municipal de Reconstrucción de los Puentes de Bilbao.

El encuentro con Manuel Távora y el puente de San Telmo

Hacia 1928, José Entrecanales se asoció con Manuel Távora Barrera, un empresario sevillano mayor que él y con gran experiencia en el sector de la construcción ligado al Guadalquivir. Juntos afrontaron el proyecto del puente de San Telmo, en Sevilla, una obra que inicialmente estaba a cargo de Hidro-Civil. El encargo surgió a petición del rey Alfonso XIII, quien deseaba que la nueva construcción dejara ver las edificaciones de la Exposición Iberoamericana de 1929. En estas obras, Entrecanales aportó una solución técnica para la cimentación mediante el uso de aire comprimido y de cajones sumergidos. La técnica de cimentación mediante cajones de hormigón armado y aire comprimido que empleó en San Telmo se perfeccionó posteriormente en obras como el dique seco de Cádiz, una estructura de 245 metros de largo, construida mediante la unión de ocho cajones prefabricados, que sigue en funcionamiento.

Casi al mismo tiempo, el tándem recibió otros encargos: unos depósitos de petróleo en el puerto de Pasajes, los cajones para el dique seco de Nuestra Señora del Rosario y varias instalaciones en el puerto de Cádiz.

Nace Entrecanales y Távora (1931).

El creciente volumen de obras llevó a los dos socios a formalizar su colaboración. El 11 de marzo de 1931, apenas un mes antes de la proclamación de la Segunda República, constituyeron la sociedad anónima Entrecanales y Távora. El capital fundacional fue modesto (650 000 pesetas) y perteneció exclusivamente a los dos socios, sin participación bancaria inicial, lo cual contrasta con otras grandes constructoras de la época, que contaban con respaldo financiero desde el principio. Con el tiempo, la empresa se convertiría en una de las mayores constructoras de España.

Desde el principio, la compañía apostó por la «excelencia técnica» como seña de identidad. José Entrecanales estaba convencido de que esa era la verdadera clave de la competitividad y de que todo lo demás llegaría por añadidura. Por eso, cuidaba especialmente la formación continua de su personal y enviaba con frecuencia a los jefes de obra notas y extractos de revistas y libros técnicos sobre los métodos empleados en los trabajos en curso.

Fue docente durante casi tres décadas.

Además de empresario, Entrecanales fue profesor. Compaginó ambas facetas entre 1929 y 1957 en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid. Empezó como profesor auxiliar en la cátedra de Puertos entre julio de 1929 y 1931 y, a partir de ese año, pasó a ser catedrático de Cimientos y Puentes de Fábrica. La plaza había quedado vacante tras la jubilación de su maestro, José Eugenio Ribera, una figura fundamental de la ingeniería española y uno de los principales introductores del hormigón armado en el país. La asignatura que asumió Entrecanales tenía una notable extensión: combinaba la formación teórica con ejercicios prácticos y trabajos de laboratorio, y exigía al profesor una dedicación especialmente intensa.

Durante veintiocho años llevó a las aulas la Geotecnia, disciplina que introdujo en España, enseñando a sus alumnos las doctrinas suecas y austríacas sobre lo que hoy conocemos como Mecánica del Suelo. Su labor se desarrolló en un momento decisivo para esta especialidad. La Geotecnia estaba dejando atrás una práctica basada principalmente en reglas empíricas y en la experiencia acumulada de los constructores para convertirse en una disciplina apoyada en la observación, la experimentación y la formulación matemática. En el ámbito internacional, este cambio estuvo estrechamente relacionado con la consolidación de la Mecánica del Suelo moderna y con la difusión de las teorías de Karl Terzaghi, en especial de los conceptos de tensión efectiva, consolidación y resistencia del terreno.

Entrecanales contribuyó a trasladar a la enseñanza española las novedades que se desarrollaban en Europa. En sus clases abordaba problemas esenciales para la ingeniería civil, como los empujes de tierras, la estabilidad de taludes, la capacidad portante de las cimentaciones, los asientos del terreno, el comportamiento de los pilotes y de las cimentaciones en obras marítimas. Su enfoque vinculaba constantemente el razonamiento matemático con la experiencia constructiva, de modo que el cálculo no aparecía separado de las condiciones reales de ejecución de una obra.

Su influencia no se limitó a los contenidos de la asignatura. Diversos testimonios de antiguos alumnos destacan que presentaba la obra de ingeniería como una creación global, en la que debían integrarse el cálculo, los materiales, los procedimientos constructivos y la finalidad social de la infraestructura. Por ello, sus discípulos lo recordaron no solo como un profesor exigente, sino también como un maestro que transmitía una concepción específica de la responsabilidad profesional del ingeniero.

Sus apuntes mecanografiados de Geotecnia, elaborados con la ayuda de Carlos Lorente de No, fueron utilizados por múltiples promociones y le valieron para ser considerado el introductor de la matemática geotécnica en España. En 1957 pidió la excedencia voluntaria para dedicarse por completo a sus negocios, tras un periodo de carga docente extraordinaria. En el curso anterior, había impartido más de un centenar de clases teóricas, prácticas y de laboratorio y había revisado miles de ejercicios y numerosos proyectos. La expansión de Entrecanales y Távora, que ya se había convertido en una empresa constructora de primer nivel, hacía cada vez más difícil conciliar la dirección empresarial con la atención que requería una cátedra tan exigente.

Su salida coincidió, además, con una reorganización de la enseñanza en la Escuela. Tras su marcha, la materia se dividió en dos áreas: Geotecnia y Cimientos, que quedó vinculada a José Antonio Jiménez Salas, y Puentes de Fábrica, que pasó a Carlos Fernández Casado. De este modo, la orientación geotécnica que Entrecanales había impulsado se mantuvo a través de sus discípulos y de los materiales docentes que había preparado.

Al frente de la empresa en solitario.

Manuel Távora falleció en diciembre de 1940. Hasta entonces, ambos socios la habían dirigido conjuntamente. A partir de ese momento, José Entrecanales asumió la dirección en solitario y mantuvo el apellido de su amigo y socio en el nombre de la sociedad en su honor.

Las grandes obras de un país en desarrollo

Durante las décadas siguientes, Entrecanales y Távora se fueron adaptando a cada nueva etapa económica del país y ganando presencia en sectores cada vez más diversos.

En los años cuarenta, cuando el Gobierno impulsó el Plan de Recuperación del Ferrocarril, la empresa participó en la mayoría de sus proyectos. Desarrolló equipos capaces de sustituir tramos de puentes metálicos ya agotados por otros de hormigón armado, aprovechando la noche y las horas muertas entre trenes para no interrumpir el tráfico ferroviario.

En los años cincuenta llegó el Plan de Industrialización de Empresas Españolas, orientado a modernizar las plantas productivas del país. Entrecanales creó entonces una oficina técnica especializada en la construcción y mejora de plantas siderúrgicas que llegó a proyectar y construir el 90 % de la obra civil del Plan Avilés. Por esos mismos años, los acuerdos entre España y Estados Unidos para instalar bases militares en territorio español también supusieron una oportunidad de negocio: la empresa no fue la única constructora que participó en esos proyectos, pero sí la que más obras llevó a cabo.

A principios de la década de los sesenta, el Gobierno franquista puso en marcha un ambicioso plan hidrológico para paliar los efectos de las sequías de los años anteriores. Entrecanales quiso participar en sus grandes proyectos y formó un nuevo equipo técnico que dedicó dos años a estudiar los métodos empleados en la construcción de las grandes presas alpinas europeas. El resultado de la agrupación temporal con otras empresas españolas fue la presa de Almendra, sobre el río Tormes, que, con sus 202 metros, se convirtió en una de las presas de bóveda más altas del mundo en su momento.

Las obras marítimas también ocuparon un lugar destacado. La construcción de muelles interiores, obras de abrigo, diques secos y varaderos tuvo que adaptarse al aumento del tamaño de los barcos. En el dique de Astilleros Españoles, en Matagorda, la empresa experimentó con nuevas técnicas de anclaje y aplicó la hidrogeología para responder al mayor calado de los buques. También desarrolló atraques en mar abierto, como el de Empetrol en Tarragona, que exigieron proyectos y métodos de ejecución muy distintos de los habituales hasta entonces.

A finales de los sesenta, la compañía se adentró plenamente en la construcción de centrales nucleares. Fiel a su método de trabajo, Entrecanales envió un equipo técnico a Estados Unidos y Francia, países de referencia en este tipo de instalaciones, para estudiar sus técnicas. El resultado fue notable: de las ocho centrales nucleares construidas en España, la empresa participó en siete.

También participó en el Plan REDIA, destinado a mejorar la red de carreteras del país. En el marco de este plan, construyó el tramo Serín-Gijón-Avilés, en el que empleó por primera vez en España la técnica de pavimentado continuo con hormigón armado.

En el terreno de la edificación, la empresa también dejó una amplia huella. Para clientes públicos, levantó las nuevas sedes de los ministerios de Industria y Energía y de Comercio y Turismo en Madrid, obras del arquitecto Antonio Perpiñá. Para clientes privados, construyó centros comerciales y empresariales, hoteles y apartamentos en las costas peninsulares e insulares, como el hotel Mencey de Tenerife, del arquitecto Marrero Regalado, o el hotel Santa Catalina de Las Palmas, de Ángel Martín Fernández de la Torre, además de sedes institucionales, como el edificio del Banco de Bilbao de Madrid, diseñado por Sáenz de Oiza, o la Torre Europa, de Miguel Oriol. A esta lista se suman instalaciones deportivas, ciudades sanitarias, complejos residenciales, la ampliación del aeropuerto de Madrid-Barajas y la presa del Atazar, todas ubicadas en Madrid.

La salida al exterior

Entrecanales y Távora no quiso depender únicamente del mercado español, que estaba sujeto a los ciclos propios del sector de la construcción. En 1948 dio sus primeros pasos fuera de España, en Portugal y en Marruecos. En Portugal, construyó el dique de abrigo del puerto de Villa Sanjurjo, los viaductos de acceso al puente 25 de Abril de Lisboa y el túnel bajo el Seminario de Oporto.

La expansión internacional se intensificó a finales de los años sesenta, impulsada por la recesión del mercado interno, y la empresa se instaló en países como Paraguay, Perú, Uruguay, Venezuela, Argentina, Colombia, Argelia, Guinea, Libia y Francia. La empresa se instaló en América del Sur (Paraguay, Perú, Uruguay, Venezuela, Argentina y Colombia), en África (Argelia, Guinea y Libia) y en Europa (Francia).

Un grupo cada vez más diversificado.

Con el tiempo, el Grupo Entrecanales fue ampliando su actividad más allá de la construcción, en ocasiones hacia sectores relacionados y, en otras, hacia negocios completamente distintos. Llegó a estar presente en la ingeniería civil, la promoción inmobiliaria, la explotación de aparcamientos, la prefabricación industrializada de viviendas, la fabricación de tuberías de alta presión y de piezas especiales, la producción y comercialización de tomates y plátanos de Canarias e incluso en la pesca del atún. Empresas como Iberinsa, Infilco Española, Sepisa, Viviendas Modulares, Fábrica de Tubos Eytasa, la Comunidad Agrícola Entrecanales y Larrarte, Entrerríos y Cessa formaban parte de este entramado.

Retirada progresiva

José Entrecanales estuvo al frente de la empresa durante casi cuatro décadas, primero junto a Manuel Távora y, después, en solitario, hasta jubilarse como director gerente a los setenta años, en 1969. Al año siguiente, cedió la gestión de la compañía a sus dos hijos varones, José María y Juan Entrecanales de Azcárate. No obstante, no se desvinculó del todo: continuó como consejero y presidente de honor hasta 1974, cuando cumplió setenta y cinco años, y después como asesor hasta 1981, momento en el que se retiró definitivamente, ya con ochenta y dos años.

Reconocimientos

Su trayectoria le valió varios reconocimientos. En 1957, cuando solicitó la excedencia en la Escuela de Caminos, fue nombrado profesor honorario. En 1983, recibió la Medalla de Colegiado de Honor del Colegio de Ingenieros de Caminos de Madrid. También le fueron concedidas la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y la Gran Cruz del Mérito Civil. Como muestra de su vínculo con la Escuela, dotó un premio para la mejor tesis doctoral sobre cimentación y puentes de fábrica, así como becas para doctorandos que investigaran en estas materias.

Vida personal

El 18 de julio de 1926, José Entrecanales se casó con María de Azcárate Flórez, hermana de los políticos republicanos Pablo y Justino de Azcárate. A través de este matrimonio, se acercó a personas destacadas de la Institución Libre de Enseñanza. Tuvieron cinco hijos: dos varones, José María y Juan, y tres mujeres, Delfina, Cruz y Teresa.

Entrecanales también fue un hombre de amplia cultura. Su afición a la lectura le llevó a cultivar la amistad con José Ortega y Gasset y con Xavier Zubiri, y a frecuentar las tertulias del Casino de Madrid y del Café Gijón, dos de los puntos de encuentro más conocidos de la sociedad madrileña de la época. Su interés por la pintura le llevó, además, a reunir una notable colección de obras de Sorolla, Beruete, Regoyos y Cecilio Plá.

Los últimos años y el legado.

José Entrecanales Ibarra murió en Madrid el 12 de febrero de 1990 a la edad de noventa años. Dejó una empresa consolidada en manos de sus dos hijos varones y, en la actualidad, la dirige uno de sus nietos, José Manuel Entrecanales Domecq.

El 28 de abril de 1997, siete años después de la muerte de Entrecanales y Távora, se fusionaron con Cubiertas y MZOV para crear una nueva empresa: Acciona. Poco después, el 19 de noviembre de 1999, se creó la Fundación José Entrecanales Ibarra, con una dotación inicial cercana a los mil quinientos millones de pesetas (unos nueve millones de euros), procedentes de las donaciones y legados de Entrecanales y de su esposa, María de Azcárate. La fundación se constituyó junto con la Universidad Politécnica de Madrid para premiar tesis doctorales y becar la investigación en cimentación y puentes, materializando así el compromiso de Entrecanales con la formación de ingenieros.

En la actualidad, Acciona es mucho más que una constructora. Es un grupo cotizado en bolsa, integrado en el Ibex 35, que opera en distintos sectores como multinacional española. Según su propia página web, su misión es «promover el desarrollo sostenible y el bienestar social» y trabaja principalmente en cuatro áreas: energías renovables, construcción, agua y servicios. Un orden de prioridades que dice mucho sobre cómo ha evolucionado, casi un siglo después, el proyecto que aquel joven ingeniero bilbaíno empezó a construir.

Os dejo un vídeo sobre Entrecanales. Espero que os resulte de interés.

Referencia:

MORENO CASTAÑO, Begoña: José Entrecanales Ibarra: ingeniero, empresario y profesor, 1899 – 1990 (Madrid, 2011).

Los ingenieros que construyeron el Estado: una historia de puentes, mapas y prestigio

Cuando pensamos en la construcción de un Estado moderno, solemos imaginar a políticos redactando constituciones, a ejércitos defendiendo fronteras o a jueces aplicando leyes. Pocas veces pensamos en los ingenieros. Sin embargo, un artículo académico de los historiadores Darina Martykánová y Juan Pan-Montojo, publicado en la revista Historia y Política, nos invita a mirar el siglo XIX español desde una perspectiva distinta: la de los cuerpos de ingenieros del Estado y su papel decisivo en la construcción de la nación liberal.

La tesis central del trabajo es sugerente. En España, entre 1840 y 1900, los ingenieros no solo diseñaban carreteras, canales o ferrocarriles. Se convirtieron en el modelo mismo del buen funcionario público, en la cara visible del Estado ante la sociedad y en los principales artífices de una idea muy poderosa: la de que el progreso de un país se mide, sobre todo, por sus obras públicas. A esta forma de entender la acción del Estado, los autores la llaman «ingenierismo», un concepto que atraviesa todo el artículo y que, como veremos, tiene luces y sombras.

Este texto pretende explicar de forma accesible las ideas principales de este estudio: quiénes eran estos ingenieros, por qué llegaron a ocupar un lugar tan especial en la administración española, qué contradicciones arrastraba su papel y qué legado dejaron para la España del siglo XX.

Un Estado que existe dos veces

Para entender el argumento del artículo, conviene partir de una distinción clásica de la sociología histórica. Según el sociólogo Philip Abrams, el Estado es un fenómeno doble. Por un lado, está el «Estado sistema», es decir, el conjunto de instituciones, oficinas, leyes y funcionarios que de verdad gobiernan un territorio. Por otro lado, el «Estado idea», la representación casi mítica de una entidad unida, coherente y legítima que vela por el bienestar de la nación. Los autores también se basan en el sociólogo Pierre Bourdieu, quien sostenía que las instituciones existen a la vez en las cosas y en las mentes.

Esta doble naturaleza es clave para comprender la importancia de los ingenieros en esta historia. Como explican Martykánová y Pan-Montojo, un Estado que nace en condiciones difíciles, como el español del siglo XIX, necesita acumular no solo recursos materiales (dinero, información y personal), sino también recursos simbólicos que hagan creíble su autoridad. Los ingenieros contribuyeron a ambas cosas a la vez: construyeron infraestructuras reales y, al mismo tiempo, forjaron una imagen del Estado como motor del progreso.

El nacimiento accidentado del Estado liberal español

Para comprender el papel de los ingenieros, es necesario recordar el contexto en el que surgió el Estado liberal español. Tras el colapso del imperio en 1808 y la pérdida de los territorios americanos, las estructuras administrativas heredadas del siglo XVIII resultaron gravemente dañadas. A esto se sumaron las purgas políticas, los exilios y la caída de los ingresos públicos. El nuevo Estado constitucional, que se fue consolidando a partir de 1837, se definía a sí mismo como unitario y centralizado, siguiendo el modelo francés. Sin embargo, la realidad era bastante distinta: el poder central era débil y, en la práctica, dependía de una negociación permanente con las oligarquías locales, que conservaban una enorme capacidad para colaborar, frenar o sabotear los proyectos del Gobierno.

Los autores hablan incluso de un arreglo inicial «casi confederal», paradójicamente necesario para avanzar después hacia un Estado más centralizado. Esta brecha entre un modelo legal muy ambicioso, de inspiración francesa, y una realidad de poder mucho más limitada es una de las claves para entender por qué España necesitaba agentes capaces de generar información fiable sobre el territorio, la población y los recursos disponibles. Ahí es donde entran en juego los ingenieros.

Los cuerpos de ingenieros como modelo de funcionario público

España organizó a sus ingenieros civiles en cuerpos del Estado muy pronto, siguiendo una tradición que combinaba la influencia francesa posterior a la Revolución con una tradición propia más antigua, heredada del intervencionismo de la Corona en el siglo XVIII. El cuerpo de Caminos se creó en 1799, el de Minas en 1833 y el de Montes se fue configurando a lo largo de la década de 1850. Más tarde, en 1879, se organizó el cuerpo de ingenieros agrónomos. Todos ellos compartían una misma filosofía: seleccionar a sus miembros por mérito, formarlos en escuelas especiales con una fuerte carga matemática y científica y organizarlos mediante reglas impersonales de ascenso, normalmente ligadas a la antigüedad, para evitar el favoritismo.

Esta forma de organización resultaba excepcional en la España de la época. Frente a los ingenieros, la mayoría de los empleados públicos vivía a la sombra del llamado «cesante»: el funcionario que perdía su puesto cada vez que cambiaba el Gobierno y dependía del favor de un padrino político para volver a trabajar. Los ingenieros, en cambio, gozaban de derechos definidos por ley y de una notable estabilidad, lo que les permitía presentarse ante la sociedad como representantes desinteresados del bien común, alejados de la corrupción y el clientelismo tan extendidos en la administración decimonónica.

Este contraste no era casual, sino que los propios ingenieros lo cultivaron con esmero. Al proyectar una imagen de racionalidad científica, disciplina y meritocracia, contribuyeron a lo que el antropólogo Timothy Mitchell denominó «autonomía aparente del Estado»: la sensación de que el Estado es una entidad coherente y superior situada por encima de los intereses particulares, aunque, en la práctica, esté compuesto por personas, negociaciones y compromisos.

Mapas, estadísticas y dinero: la acumulación de recursos

Uno de los aportes más interesantes del artículo es mostrar el papel de los ingenieros en tareas que hoy damos por supuestas, pero que en el siglo XIX estaban por construirse: elaborar mapas fiables del territorio y generar estadísticas mínimamente sólidas. Sin esa información, resultaba imposible gobernar eficazmente o cobrar impuestos con justicia. Los ingenieros militares impulsaron proyectos cartográficos desde la década de 1840, y a partir de 1850 se sumaron los ingenieros de caminos, minas y montes, que, además de sus proyectos de obras públicas, elaboraban mapas geológicos y forestales. No fue hasta la Revolución de 1868 cuando se creó el Instituto Geográfico y Catastral, con la participación de ingenieros militares y civiles.

En el terreno estadístico, la contribución de los ingenieros fue más modesta, pero igualmente significativa: sus datos sobre caminos, ferrocarriles o producción minera se convirtieron en algunas de las pocas series estadísticas continuas del siglo XIX español. Curiosamente, la necesidad de contar con estadísticas agrícolas fiables fue uno de los argumentos que justificaron, en 1879, la creación del cuerpo de ingenieros agrónomos.

Además de generar información, los ingenieros contribuyeron a proveer al Estado de ingresos, ya fuera fijando las bases tributarias de la minería, gestionando directamente bienes públicos como minas, montes o arsenales, o supervisando las obras públicas que, en teoría, debían impulsar la riqueza del país y, con ella, la recaudación fiscal futura.

El discurso frente a los números: una gran paradoja

Aquí llegamos a uno de los aspectos más llamativos del artículo. A pesar del prestigio simbólico de los ingenieros y del enorme peso del discurso sobre las obras públicas, España invirtió en infraestructuras bastante menos que sus vecinos europeos. Los autores presentan datos comparativos muy reveladores. Entre 1850 y 1900, el gasto público total en relación con la renta nacional fue sistemáticamente inferior en España que en países como el Reino Unido, Francia o Alemania, e incluso inferior al de Italia, un estado nuevo con una riqueza per cápita muy parecida a la española.

La estructura del presupuesto español también resulta reveladora: antes de 1870, una proporción muy alta del gasto se destinaba a asuntos militares y, a partir de esa fecha, la mayor parte se destinaba a pagar los intereses de una deuda pública creciente. En ese contexto, el dinero disponible para fomento, agricultura y obras públicas apenas representaba, en promedio, el 8 % del gasto público total durante todo el periodo. Hubo una excepción notable: la llamada «edad de oro de las obras públicas» durante el gobierno de la Unión Liberal de O’Donnell a comienzos de los años sesenta del siglo XIX, cuando la inversión llegó a rozar el 15 % del gasto real si se tienen en cuenta las subvenciones ferroviarias financiadas con deuda.

Los datos sobre kilómetros de ferrocarril por habitante o por superficie confirman la misma tendencia: la red española era mucho menos densa que las redes francesa, alemana o británica, e incluso inferior a la italiana. Tampoco se invirtió únicamente en regadíos, puertos ni en la repoblación forestal. En definitiva, mientras el discurso público hablaba constantemente del Estado como motor del progreso material, la realidad presupuestaria mostraba un Estado bastante más pobre y prudente de lo que ese discurso sugería.

El Estado en obras: uniformes, prestigio y literatura

Si el impacto material de los ingenieros fue limitado, su impacto simbólico fue enorme. El artículo dedica una parte importante a explicar cómo los ingenieros construyeron una representación específica del Estado mediante sus prácticas cotidianas. Vestían uniforme, se desplazaban a caballo, evitaban el trabajo manual y mostraban un porte distinguido, muy similar al de los oficiales del ejército. Publicaban artículos científicos, pronunciaban conferencias y explicaban al público urbano ilustrado —propietarios, empresarios, abogados y médicos— qué se estaba haciendo en Europa y qué debía hacerse en España para no quedarse atrás.

Al mismo tiempo, para buena parte de la población rural, los ingenieros no eran precisamente una figura amable. Aunque no recaudaban impuestos directamente, sus informes técnicos servían de base para nuevas cargas fiscales. Aunque no reclutaban soldados, sí utilizaban mano de obra militar, presidiaria o vecinal en sus obras. Aunque no aplicaban la ley, sí denunciaban infracciones y tomaban partido en conflictos locales. Su forma de hablar, cargada de tecnicismos, y su poder para imponer expropiaciones o cambios en el uso del agua y la tierra generaban recelo y, en ocasiones, resistencia abierta por parte de las comunidades locales, un fenómeno que también se documentó en países vecinos como Portugal.

En la literatura de la época, especialmente en la obra de Benito Pérez Galdós, la figura del ingeniero aparece con frecuencia como un símbolo del progreso racional, aunque su trabajo técnico cotidiano apenas despertara interés narrativo. Los ingenieros solían representar, en estas ficciones, un choque entre una España moderna y racional y otra España tradicional y supersticiosa, un conflicto que a menudo terminaba en una tragedia personal para el protagonista.

Todo este entramado simbólico terminó dando forma a lo que los autores llaman «ingenierismo»: la tendencia a valorar la acción del Estado casi exclusivamente en términos de caminos, ferrocarriles, puertos, canales de riego o abastecimiento de agua, presentando estas obras como contribuciones neutrales y universales al progreso, sin prestar demasiada atención a sus costes financieros, sociales o ambientales, ni a las necesidades reales de la mayoría de la población. Con el tiempo, ese mismo término acabaría utilizándose en sentido crítico para describir ciertas concepciones tecnocráticas del poder en la España del siglo XX.

Conclusiones

El artículo de Martykánová y Pan-Montojo ofrece una lectura original de un periodo clave de la historia española. Frente a la imagen habitual de un Estado liberal débil y desorganizado, los autores muestran que, en el terreno simbólico, dicho Estado supo construir una representación de sí mismo sorprendentemente sólida y duradera, en gran parte gracias a sus ingenieros. Los cuerpos facultativos españoles, seleccionados por mérito y protegidos por ley, se adelantaron incluso a los de países vecinos, como Portugal o Italia, y crearon especialidades pioneras, como la ingeniería agronómica, antes que Francia.

Sin embargo, esa fortaleza simbólica convivió con una debilidad material persistente. España gastó en obras públicas bastante menos que otros países con una riqueza comparable debido a un sistema fiscal rígido, una elevada deuda pública y una clase política poco dispuesta a reformar en profundidad los mecanismos de recaudación. La consecuencia fue una brecha notable entre el discurso del «Estado de obras públicas», que calaba con fuerza en la opinión pública y en todo el espectro político, y unos resultados reales bastante más modestos en kilómetros de carretera, de ferrocarril o de hectáreas de regadío.

Quizás la enseñanza más interesante para el lector actual sea precisamente esta: la fortaleza de un Estado no depende únicamente de sus presupuestos o de sus infraestructuras, sino también de su capacidad para generar relatos creíbles sobre sí mismo. Los ingenieros españoles del siglo XIX fueron, ante todo, excelentes constructores de esa segunda dimensión, la del «Estado ideal». Su legado, ambivalente, sigue siendo visible en la manera en que todavía hoy tendemos a medir el progreso de un país contando puentes, carreteras y kilómetros de vía.

Referencia:

Martykánová, D. y Pan-Montojo, J. (2020). Los constructores del Estado: los ingenieros españoles y el poder público en el contexto europeo (1840-1900). Historia y Política, 43, 57-86. doi: https://doi.org/10.18042/hp.43.03

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De «remedio médico» a Patrimonio Nacional: la fascinante evolución de nuestras playas.

Playa de Levante en Benidorm, Alicante. La fotografía fue tomada entre 1950 y 1960, antes del gran auge turístico de la ciudad. https://amigosdelolo.com/veraneo-1956-de-las-vacaciones-con-kodak-a-las-vacaciones-con-pala/

1. Introducción: cuando el mar era un territorio desconocido.

Para el historiador de la ingeniería, observar una playa contemporánea implica contemplar una paradoja técnica y social. Durante milenios, la costa no era un destino, sino una frontera indómita. Era el territorio del trabajo duro, del sudor de los pescadores y del trasiego de mercancías en puertos rudimentarios. Nadie «veraneaba» porque nadie concebía el mar como un espacio de ocio; la arena era simplemente el residuo geológico de las mareas.

En aquel entonces, la erosión costera pasaba desapercibida. Los sedimentos iban y venían, la línea de costa avanzaba o retrocedía, pero como nadie vivía frente al mar ni tenía infraestructuras que proteger, el fenómeno carecía de relevancia social. Nuestra relación actual con la playa es, en realidad, un «invento» moderno que ha transformado por completo el paisaje y ha obligado a la ingeniería civil a desarrollar soluciones a un deseo humano que antes no existía. Os dejo un resumen histórico que podéis ampliar en las referencias, especialmente en De la Peña y Medina (2026).

 

2. La playa era una receta médica: las tres etapas del baño.

La metamorfosis de la costa puede entenderse a través de tres etapas visualmente contrapuestas:

  • Etapa terapéutica (siglos XVIII-XIX): el mar como fármaco. En esta época, la aristocracia acudía a las «playas frías». La imagen es evocadora: pesadas «máquinas de baño» —casetas de madera sobre ruedas— que se introducían en el agua para proteger la intimidad del bañista, quien se sumergía bajo estricta prescripción médica. El balneario era un templo de la salud, no de la diversión.
  • Etapa de esparcimiento (finales del XIX – principios del XX): el paso a las «playas calientes». La burguesía y la incipiente clase media descubren el placer del veraneo. Las rígidas estructuras médicas dan paso al paseo marítimo y al recreo social, aunque todavía bajo normas de decoro muy estrictas.
  • Etapa popular (mediados del XX – actualidad): el fenómeno masivo del «sol y playa». La democratización del acceso a la costa transforma el litoral en un ecosistema urbano. La arena deja de ser un medicamento para convertirse en un objeto de deseo masivo y, trágicamente, en un suelo de altísima especulación.
Baños de ola – El Sardinero. https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Ba%C3%B1os_de_ola_-_El_Sardinero_1.jpg

3. El triunfo de los derechos: ¿por qué empezamos a veranear?

La transición hacia el turismo de masas no fue casualidad, sino el resultado de avances sociales y tecnológicos. Como señala la historiografía técnica, las vacaciones frente al mar fueron un «invento inglés» que se propagó con rapidez gracias a:

  • La revolución del transporte: la aparición de tranvías y autobuses rompió la barrera de la distancia, lo que permitió que los ciudadanos de las zonas del interior o de los cascos urbanos llegaran físicamente a la orilla.
  • La conquista del tiempo (hitos en España):
    • 1919: establecimiento de la jornada laboral de 8 horas, lo que liberó tiempo diario para el descanso.
    • 1931: un hito fundamental con la concesión de una semana de vacaciones pagadas.
    • La senda hacia la modernidad: la evolución de los derechos llevó a que las vacaciones pasaran de 21 días en 1976, a 23 días en 1980, hasta alcanzar los 30 días naturales en 1983.

Este aumento del tiempo libre, sumado a un mayor poder adquisitivo, convirtió la playa en un motor económico sin precedentes.

https://carlosgomezgil.com/2024/05/12/repensar-nuestro-turismo/

4. El «Progreso» que se comió la arena

Aquí surge la gran paradoja de la ingeniería: el desarrollo del interior del país ha acabado con la arena de la costa. La erosión que hoy combatimos es la respuesta de la naturaleza a la domesticación de nuestro territorio.

  • La barrera de las presas: España es uno de los países con la mayor regulación hídrica del mundo, con 2453 presas. Estas estructuras retienen los sedimentos en su interior y el caso del delta del Ebro es el ejemplo más doloroso de cómo la regulación de un río impide que la arena llegue a su destino final.
  • La «trampa» de la reforestación y el regadío: en el último siglo, España ha recuperado 19,2 millones de hectáreas forestales. Aunque es un logro ecológico, este manto verde retiene la tierra en las laderas. Paralelamente, la superficie de regadío se ha duplicado entre 1965 y 2025, consumiendo un caudal que antes transportaba arena con fuerza hacia el mar.

Solo empezamos a ver el oleaje como un «peligro» cuando, por ignorancia de los procesos costeros, decidimos construir edificios en primera línea de playa. Ocupamos el espacio del mar y luego nos sorprendimos de que el mar reclamara su sitio.

5. Ingeniería de costas: una ciencia nacida de la necesidad.

La disciplina técnica que hoy protege nuestras playas nació precisamente para comprender y corregir los desequilibrios que provocamos nosotros mismos. Estos son sus hitos:

  • 1906-1911: creación en el Reino Unido de la Royal Commission on Coast Erosion and Afforestation, que marcó el inicio de los primeros estudios científicos serios sobre el problema.
  • 1919: publicación de Shore Processes and Shoreline Development, de Douglas W. Johnson, el primer libro que sistematizó el conocimiento sobre las costas.
  • 1930-1938: Estados Unidos crea el Beach Erosion Board y, en 1938, publica el primer Manual de Ingeniería de Costas, un texto fundacional para la práctica técnica.
  • El caso español (1948): el genio de Ramón Iribarren impulsa la creación del Laboratorio de Puertos. Décadas más tarde, en las décadas de los 70 y 80, la Escuela de Caminos de Madrid, bajo la cátedra de Pedro Suárez Bores, formalizaría la enseñanza de esta disciplina.

6. La playa como obra de arte e ingeniería.

Es hora de cambiar nuestra perspectiva. Una playa urbana no es un accidente geográfico, sino una infraestructura pública compleja. Playas emblemáticas como las de Benidorm, San Sebastián o Santander deben ser reconocidas como patrimonio de la obra pública.

A diferencia de un bosque virgen, estas playas son espacios diseñados, mantenidos y alimentados artificialmente por la ingeniería para permitir la vida urbana. Son paisajes construidos que requieren una gestión activa y un profundo conocimiento de la dinámica de los fluidos y de los sedimentos. No se trata de una naturaleza estática, sino de una ingeniería viva al servicio del ciudadano.

«Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha». — Víctor Hugo

De Siocaw – Trabajo propio, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3782634

7. Conclusión: un paisaje en constante cambio.

El litoral que recorremos en vacaciones es el resultado directo de la historia social y de la ingeniería civil. Cada grano de arena bajo nuestros pies cuenta una historia de derechos laborales conquistados, de ríos regulados y de una ciencia, la ingeniería de costas, que lucha por mantener el equilibrio entre el progreso humano y la fuerza de los océanos Atlántico y Mediterráneo.

Al mirar el horizonte, debemos recordar que la playa es un patrimonio frágil que no se preserva por sí solo. ¿Podemos proteger nuestro patrimonio costero si seguimos ignorando los procesos físicos y técnicos que le dan vida? La próxima vez que visite la costa, no vea solo arena, sino también la compleja infraestructura que nos permite, por fin, escuchar lo que el mar tiene que decir.

En esta conversación puedes escuchar las ideas más interesantes sobre este tema.

Este vídeo resume bien la historia de las playas.

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Referencias:

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  • YEPES, V. (2022). Gestão de praias na Espanha, in BOMBANA, B.; TURRA, A.; POLETTE, M. (Eds.): Gestão de praias: do conceito à prática. Instituto de Estudos Avançados da Universidade de São Paulo, pp. 360-381, São Paulo (Brazil). ISBN 978-65-87773-36-0. DOI 10.11606/9786587773360

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El asombroso puente que desafió a la lógica: lecciones increíbles sobre cómo se construyó el Golden Gate

En la San Francisco de los años treinta, la idea de cruzar el estrecho de Golden Gate no era solo una ambición urbanística; para la mayoría de los ingenieros de la época, era una «locura» manifiesta. El escenario no podía ser más hostil: una lengua de agua de 1,6 kilómetros en la que las gélidas nieblas del Pacífico ocultan remolinos mortales y corrientes traicioneras que fluyen simultáneamente en direcciones opuestas. Se decía que la propia naturaleza había prohibido el paso por aquel abismo.

Sin embargo, tras cuatro años de una épica batalla entre el ingenio humano y los elementos, el 27 de mayo de 1937 se inauguró una estructura que redefinió la escala de lo posible. Con un coste de 35 millones de dólares de la época —una cifra colosal en plena Gran Depresión—, el gigante de acero se erigió en un símbolo de resiliencia. Hoy, como cronista de estas grandes hazañas, les invito a descubrir los secretos técnicos y los dramas humanos que mantienen en pie a este icono casi nueve décadas después.

De este puente tuve la oportunidad de hablar en el programa Memoria de Delfín, de RNE.   https://rneaudio.rtve.es/a/17043130

La batalla contra una naturaleza «confabulada»

El estrecho de Golden Gate fue calificado como el «peor lugar de Estados Unidos» para construir. No solo por los vientos huracanados, sino también por una geología submarina que exigió medidas extremas. Para asentar la Torre Sur, a 335 metros de la costa, fue necesario que buzos, provistos de precarias escafandras, se sumergieran en aguas oscuras y con fuertes corrientes.

La cimentación se realizó sobre roca de serpentinita, conocida por su excepcional dureza, por lo que los obreros tuvieron que colocar tubos de acero gigantes en el lecho marino para detonar dinamita bajo el agua y abrirse paso mediante explosiones. La construcción del muelle de acceso de 400 metros fue una verdadera etapa maldita: en agosto de 1933, un carguero desorientado por la niebla lo redujo a escombros y, tras ser reconstruido, un vendaval lo volvió a fracturar meses después.

«Como si la naturaleza quisiera demostrar la locura del proyecto, durante el primer año se registraron nieblas, tormentas y corrientes que pusieron en riesgo la viabilidad de la obra».

El «Club a medio camino del infierno» y la revolución de la seguridad

Joseph Strauss, el promotor del proyecto, sentía una obsesión casi mística por la seguridad en una época en la que la norma aceptada era «una muerte por cada millón de dólares invertidos». Para el puente Golden Gate, eso habría significado entre 30 y 35 fallecimientos. Strauss se negó a aceptar esa estadística y convirtió la obra en un laboratorio de prevención.

  • La red de salvación: Invirtió 9.000 dólares en una red de seguridad gigantesca, similar a la de los circos, extendida bajo el tablero. Esta red salvó la vida de 19 hombres que, tras caer al vacío, fundaron el exclusivo «Club a medio camino del infierno».
  • Innovaciones singulares: Fue el primer proyecto en exigir cascos de seguridad y el uso de cables de vida. Pero Strauss fue más allá: suministró gafas de sol para evitar la ceguera por el reflejo del metal y, curiosamente, promovió una dieta estricta y una «cura para la resaca a base de repollo» para garantizar que sus operarios, los «hombres del puente», estuvieran en plenas facultades en las alturas.

Pese a todo, la tragedia no pudo evitarse por completo: 11 hombres fallecieron, 10 de ellos en un solo accidente final, cuando un andamio colapsó y desgarró la red de seguridad.

El color «accidental» y el genio del art déco

Pocos saben que la imagen icónica del puente estuvo a punto de convertirse en una pesadilla visual. La Armada de Estados Unidos presionó con fuerza para que el puente se pintara con rayas amarillas y negras, a fin de garantizar la máxima visibilidad de sus barcos en la niebla.

Fue el arquitecto Irving Morrow quien salvó la estética del monumento. Morrow no solo diseñó los detalles art déco, como las estrías verticales de las torres y las farolas, sino que también defendió el tono «naranja internacional». Originalmente, este color era solo una capa protectora temporal de minio que se aplicaba al acero en las fábricas de Pensilvania. Morrow se dio cuenta de que este tono armonizaba con el paisaje de las colinas de Marin y ofrecía un contraste perfecto con el azul del mar y el blanco de la niebla. Lo que nació como una protección contra la corrosión salina terminó por convertirse en el alma del puente.

Puente colgante Golden Gate, en San Francisco. La segunda imagen corresponde al color que la Armada estadounidense quería. Joan Campderrós-i-Canas/CC BY 2.0; Golden Gate Bridge

El cerebro matemático en la sombra: el caso de Charles Ellis.

La historia oficial suele ensalzar a Joseph Strauss. Su primer diseño fue un híbrido industrial pesado que recordaba a un «gigantesco andamio de acero». El puente elegante que vemos hoy es, en gran medida, el mérito de Charles Ellis.

Ellis, un profesor de ingeniería meticuloso, fue el encargado de resolver las complejas ecuaciones diferenciales necesarias para garantizar la estabilidad estructural. Pasó meses realizando cálculos a mano para garantizar que el puente resistiera la flexión y el viento. Sin embargo, tras una disputa personal, Strauss lo despidió y borró su nombre de los registros. Ellis murió sin recibir el reconocimiento que merecía, y no fue hasta 2012 cuando se instaló una placa oficial que lo acreditó como el verdadero artífice de los cálculos que permiten que las torres de 227 metros y los 1,2 millones de remaches sigan sosteniendo la estructura.

El futuro en 2025: BIM y la amenaza del «Grande»

Si Joseph Strauss y Charles Ellis hubieran contado con la tecnología actual, el proceso habría sido completamente distinto. En la actualidad, el Golden Gate no es solo acero, sino también un ente digital. En una carrera contrarreloj para resistir un terremoto de magnitud 8,3 en la escala de Richter, se está llevando a cabo una rehabilitación científica valorada en unos 300 millones de euros.

  • BIM y Gemelos Digitales: Mediante el Building Information Modeling, los ingenieros actuales operan en una maqueta virtual que les permite simular sismos antes de realizar cambios físicos.
  • Sensores IoT: El puente cuenta ahora con un sistema de acelerómetros y tensiómetros que controlan en tiempo real la salud de los cables principales. Cabe destacar que estos cables son verdaderos monstruos de ingeniería: cada uno pesa 11.000 toneladas y está formado por 27.572 hilos de alambre individuales que, debido a su peso, tuvieron que ser «hilados» in situ en un proceso récord que duró apenas 6 meses y 9 días.

Conclusión: ¿Diseñamos hoy para la eternidad?

El Golden Gate es más que una vía de seis carriles que une San Francisco con el condado de Marin: es un testimonio de la voluntad humana. Strauss afirmó en su poema «The Mighty Task is Done» que el puente duraría «para siempre». Aunque la corrosión salina obliga a un mantenimiento constante, su visión de permanencia desafía la cultura de la obsolescencia actual.

Mientras los sismólogos advierten de la inminencia del Big One, la gran pregunta que nos hacemos como sociedad técnica es: ¿estamos construyendo nuestras megaestructuras modernas con la misma visión de permanencia milenaria que defendió Strauss o hemos perdido el espíritu de la «Gran Tarea» en favor de la eficiencia inmediata?

En esta conversación puedes escuchar lo más interesante sobre este puente.

Este vídeo resume bien el contenido de este artículo sobre el Golden Gate.

Golden_Gate_Living_Blueprint

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Participación en el II Congreso Internacional de Patrimonio de la Obra Pública y la Ingeniería Civil

Una vez terminado el II Congreso Internacional de Patrimonio de la Obra Pública y de la Ingeniería Civil, quería dejar en mi blog un recuerdo de mi participación, tanto como ponente en dos comunicaciones como moderador de tres mesas redondas. Ha sido un verdadero placer colaborar en el desarrollo extraordinario del evento. Un agradecimiento especial a todos los que lo han hecho posible.

Empecemos por las dos comunicaciones presentadas. Os paso un breve resumen y, cuando estén publicadas las actas, os enviaré el contenido completo de ambas comunicaciones.

YEPES, V. (2026). Lenguaje visual y patrimonio de la obra pública: reflexiones sobre la estética del color. II Congreso Internacional de Patrimonio de la Obra Pública y de la Ingeniería Civil, 7-10 abril, Castellón, Valencia y Alicante (Spain).

Este trabajo examina la relevancia del lenguaje visual y de la estética en la ingeniería civil, con énfasis en el color y la luz como herramientas de diseño integrador. Sus objetivos son analizar teorías de la percepción aplicadas a infraestructuras, evaluar el impacto cromático en el entorno y reflexionar sobre la preservación de la integridad de la obra pública. La metodología combina un enfoque cualitativo y deductivo, integrando la estética estructural —basada en las «Tres E» de Billington— con principios de la psicología de la Gestalt para el análisis visual. Los resultados destacan las armonías cromáticas (monocromáticas, análogas o complementarias) y su capacidad de mimetizar o resaltar estructuras, así como el papel de la luz en la definición del volumen y en la percepción estética. Se concluye que la ingeniería debe lograr una síntesis entre técnica y arte, donde la estética sea intrínseca, y se advierte que las intervenciones descontextualizadas, como la del puente Fernando Reig, pueden comprometer su valor patrimonial.

MARTÍN, R.; YEPES, V. (2026). Los elementos intangibles del paisaje de los puertos deportivos: vínculo entre patrimonio, identidad y turismo. II Congreso Internacional de Patrimonio de la Obra Pública y de la Ingeniería Civil, 7-10 abril, Castellón, Valencia y Alicante (Spain).

La consideración de los elementos intangibles del paisaje representa una oportunidad para mejorar la gestión de los puertos deportivos. La creación de un entorno atractivo, donde compartir experiencias y en el que es posible percibir un valor patrimonial náutico o portuario, puede suponer un foco de atracción en el entorno litoral, fortaleciendo la identidad del puerto deportivo y reforzando su imagen turística. Para la cuantificación, tanto económica como social, de estos elementos intangibles, se utilizan métodos de decisión multicriterio. Tomando como caso de estudio el puerto deportivo de Marina del Este (Granada), se observa que, si bien la contribución de estos intangibles no es la más importante, sí representa un valor añadido significativo. Su apreciación es mucho mayor para la sociedad que su valor económico estimado (54% frente al 8% del valor del puerto deportivo).

También tuve la ocasión de moderar tres sesiones, con ponentes de altísimo nivel. Os paso un breve resumen de las tres.

Os dejo algunas fotografías del evento.

Aquí os dejo un vídeo en el que me grabaron comentando brevemente el contenido de la sesión del primer día.

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¿Crecimiento infinito en un planeta finito?

Introducción: El despertar de una conciencia colectiva.

Durante dos siglos, el modelo industrial funcionó como un motor ciego que ignoraba el agotamiento de su propio combustible. Según la lógica de la Revolución Industrial, el progreso se concebía como una expansión lineal e inagotable, en la que la naturaleza era una reserva infinita de materias primas y un vertedero sin fondo.

La teoría económica tradicional se limitaba a buscar un «equilibrio de mercado» basado estrictamente en el precio, la oferta y la demanda. Sin embargo, este enfoque falló al no considerar los límites biofísicos del planeta. Hoy sabemos que ignorar el capital natural no solo es un error ecológico, sino también una imprudencia financiera y social.

El propósito de este análisis es explorar los puntos de inflexión que nos obligaron a despertar. Desde las advertencias del MIT hasta la Agenda 2030, estos hitos narran cómo la humanidad ha intentado rediseñar su futuro ante la evidencia de que el crecimiento material no puede ser eterno.

El error de Malthus y la trampa de las revoluciones agrícolas.

A finales del siglo XVIII, Thomas Malthus planteó una advertencia: mientras la producción de alimentos avanzaba en progresión aritmética, la población lo hacía en progresión exponencial. Esta brecha, conocida como la «catástrofe maltusiana», sugería que el hambre era el freno inevitable de nuestra especie.

Sin embargo, la Revolución Agraria y la posterior Revolución Verde de los años sesenta introdujeron un arsenal de semillas de alto rendimiento, fertilizantes químicos y riego intensivo. Parecíamos haber «vencido» a Malthus, pero en realidad solo aumentamos el consumo de recursos finitos y de energía.

Desde una perspectiva estratégica, la tecnología actuó como un analgésico que invisibilizó los límites biofísicos del planeta. Al aumentar artificialmente la capacidad de carga del suelo, ocultamos el problema de fondo: seguimos operando bajo un sistema que exige una expansión material infinita en un entorno limitado.

1972: El despertar político y la confirmación de la ciencia.

1972 fue el año en que la diplomacia y el pensamiento sistémico convergieron. Mientras 113 naciones se reunían en la Cumbre de Estocolmo para crear el PNUMA, un think tank pionero, el Club de Roma, publicaba Los límites del crecimiento, un informe del MIT que desafiaba el dogma del progreso ilimitado.

El modelo científico analizó cinco variables críticas: población, producción industrial, alimentos, contaminación y recursos naturales. La conclusión fue un jarro de agua fría para la clase política de la época, ya que por primera vez se introducía la noción de que el crecimiento exponencial colapsaría a corto plazo.

«Si el incremento actual de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantienen sin variar, se alcanzarán los límites absolutos del crecimiento de la Tierra en los próximos cien años».

Esta tesis resultó disruptiva, pues demostró que no podíamos gestionar el planeta como compartimentos estancos. El año 1972 marcó el inicio de la conciencia política moderna al establecer que la salud de los ecosistemas es la infraestructura básica sobre la que se asienta cualquier economía viable.

La crisis del petróleo: el catalizador de la eficiencia y de la brecha social.

Entre 1973 y 1980, la «edad de oro» de los combustibles baratos llegó a su fin. El precio del barril de crudo aumentó de 1,8 a 11,6 dólares, lo que desencadenó una inflación global que no solo afectó al sector energético, sino que también tuvo profundas repercusiones sociales. La crisis agravó la brecha entre ricos y pobres y provocó recortes masivos en los programas de salud, educación y bienestar.

La recesión y el desempleo en el sector manufacturero obligaron a la industria a reinventarse bajo el lema de la eficiencia. Lo que comenzó como una medida de supervivencia económica terminó sentando las bases de la sostenibilidad energética moderna y del diseño industrial consciente.

  • Eficiencia en el transporte: fabricación de vehículos con menor consumo y emisiones.
  • Fomento de lo colectivo: impulso estratégico del transporte público frente al vehículo privado.
  • Renovables: nacimiento de la industria fotovoltaica y la búsqueda de alternativas al petróleo.
  • Geopolítica de la finitud: reconocimiento oficial de que la dependencia de los recursos fósiles constituye una vulnerabilidad estratégica.

Informe Brundtland: redefinición de la calidad del «progreso».

En 1983, la Comisión Brundtland recibió el encargo de replantear un modelo de desarrollo global que estaba devorando su propio entorno. El informe final de 1987, Nuestro futuro común, no proponía dejar de crecer, sino transformar radicalmente la «calidad del crecimiento» para hacerlo menos materialista y menos intensivo en energía.

Este documento consagró la definición que hoy constituye el pilar de nuestra disciplina:

«El desarrollo sostenible es aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas».

El cambio de paradigma fue absoluto: la sostenibilidad dejó de ser una preocupación ambientalista para convertirse en una tríada en la que lo económico, lo social y lo ecológico son interdependientes. La equidad se convirtió en un requisito técnico para el progreso y no solo en una aspiración ética.

De los Objetivos de Desarrollo del Milenio a la Agenda 2030: una evolución necesaria.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de 2000 fueron un intento loable, pero limitado. Se centraron únicamente en los países en desarrollo y fueron diseñados por un grupo reducido de expertos. El resultado fue desigual: a pesar de los esfuerzos realizados, millones de personas (925 millones pasaban hambre) se quedaron fuera del progreso debido a la falta de indicadores claros y de participación local.

En 2015, la transición a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 corrigió estos fallos. Por primera vez, se creó una agenda de «aplicación universal» mediante consultas públicas y encuestas globales que involucraron a la ciudadanía en la definición de sus propias prioridades y metas.

La diferencia crítica radica en la participación ciudadana y la visión sistémica. Los ODS reconocen que la pobreza en un país y el cambio climático en otro son dos caras de la misma moneda. Esta legitimidad democrática es el factor que faltaba en los intentos anteriores para transformar la sostenibilidad en una misión colectiva.

Conclusión: la pregunta que define nuestra era.

La sostenibilidad no es una moda pasajera ni una concesión estética de las empresas; es la respuesta histórica acumulada ante las crisis de recursos, las desigualdades sociales y los límites científicos que ya no podemos ignorar. En esencia, es nuestra estrategia de supervivencia como civilización.

Nuestra responsabilidad generacional nos obliga a mirar hacia el pasado para comprender que el crecimiento tal y como lo conocimos en el siglo XX es una anomalía histórica. El éxito de la Agenda 2030 dependerá de si somos capaces de aplicar el rigor del pensamiento sistémico a cada decisión económica y política.

Al observar la velocidad a la que consumimos actualmente, es inevitable preguntarse si estamos actuando conforme a los principios de equidad del Informe Brundtland para proteger a las generaciones futuras o si seguimos ignorando deliberadamente los límites físicos que la ciencia nos señaló hace ya más de medio siglo.

En esta conversación puedes escuchar algunas de las ideas más importantes.

El vídeo que os dejo resume bien la historia de la sostenibilidad.

En este documento podéis ver las ideas más relevantes.

Sostenibilidad_De_la_Revolución_Industrial_a_2030

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Marco Vitruvio Polión

Marco Vitruvio Polión (c. 80 a. C.-70 a. C., 15 a. C.). https://www.bbc.com/mundo/noticias-62321557

Marco Vitruvio Polión (en latín Marcus Vitruvius Pollio; c. 80 a. C.-70 a. C., 15 a. C.), conocido simplemente como Vitruvio, fue un arquitecto e ingeniero romano del siglo I a. C. Se desconoce su lugar y año de nacimiento exactos, pero existen varias hipótesis. Maffei lo consideraba originario de Verona; otros estudios señalan Placentia, y algunos autores sostienen que nació en Mola di Gaeta (la antigua Formia), siendo esta última suposición la que parece estar mejor fundada, especialmente por la presencia de la gens Vitruvia en esa zona de la Campania. A pesar de la incertidumbre sobre su biografía, se sabe con certeza que tuvo una vida larga y activa y que su obra ha dejado una huella perdurable en la historia de la arquitectura y la ingeniería.

Vitruvio vivió en un periodo de fuertes transformaciones políticas. Tras décadas de guerras civiles, Roma se encontraba en plena transición de la República al Imperio y nuevos grupos sociales accedían a posiciones de poder antes inaccesibles. Este escenario de expansión territorial, riqueza y cambios culturales generó un gran interés por la construcción, tanto pública como privada, y constituyó el marco en el que Vitruvio desarrolló su carrera. En su juventud, sirvió como soldado bajo el mando de Julio César en Hispania y Grecia, donde trabajó como ingeniero militar especializado en la fabricación de piezas de artillería, como ballistae y scorpiones. En esas campañas adquirió experiencia en construcción militar e infraestructuras que después aplicaría en obras civiles. Posteriormente, residió en Roma, donde trabajó en obras imperiales. Tanto Julio César como Augusto le concedieron una subvención vitalicia en su vejez, lo que constituyó un reconocimiento explícito de su valía profesional y prestigio técnico. La obra que compuso en los últimos años de su vida, ya anciano y enfermo, fue el tratado De Architectura, dedicado a Augusto, su protector, y probablemente terminado antes del año 27 a. C., dado que no menciona los grandes edificios de mármol que caracterizaron el final del reinado de Augusto.

La influencia de Vitruvio también se extiende a su relación con la familia imperial. En su obra se insinúa que contó con la protección de Octavia, hermana de César Augusto, lo que refuerza la idea de que su carrera profesional estuvo vinculada al círculo más próximo al poder. En cuanto a su legado material, sus obras se han perdido casi por completo. Aun así, se conservan vestigios en la ciudad de Fano, donde construyó una famosa basílica y un arco de triunfo augusteo, que aún es visible, aunque ha sido modificado. En el ámbito técnico, se le atribuye la invención del módulo quinario en la construcción de acueductos, lo que constituye una importante aportación a la ingeniería hidráulica romana, y se detalla, además, el uso de la chorobates para nivelar el terreno con una precisión asombrosa. También diseñó máquinas de guerra y construyó numerosos monumentos, aunque la mayoría no han llegado hasta nuestros días.

El Hombre de Vitruvio, de Leonardo da Vinci ilustra, cinco siglos después, las proporciones del cuerpo humano descritas por Vitruvio. https://es.wikipedia.org/wiki/Vitruvio

La fama de Vitruvio se debe, sobre todo, a su tratado De Architectura, la única obra de estas características que se conserva de la Antigüedad clásica. Probablemente compuesto hacia el año 27 a. C., tiene carácter de manual resumido y divulgativo y refleja los procedimientos de la arquitectura romana del último siglo de la República. Aunque en ocasiones resulta incompleto u oscuro, el tratado se organiza en diez libros que abarcan de forma sistemática los distintos aspectos de la arquitectura, desde la teoría hasta la práctica constructiva. Su estructura y contenido constituyen un documento insustituible, también por la información que aporta sobre la pintura y la escultura griegas y romanas, con referencias a artistas y obras.

El libro I comienza con consideraciones sobre las cualidades y los deberes del arquitecto y define la arquitectura como ciencia y arte. Vitruvio expone que la aedificatio incluye la construcción de edificios públicos, clasificados según su finalidad en defensio, religio u oportunitas, y la construcción de edificios privados, en los que se integran aspectos como la gnomónica y la machinatio. El primer libro también aborda problemas urbanísticos, como la elección de lugares adecuados para fundar ciudades, el trazado de calles orientadas para evitar los vientos dominantes, la construcción de murallas defensivas y la distribución de edificios dentro del recinto urbano.

En el libro II, tras repasar la evolución de la arquitectura desde los primeros tiempos, Vitruvio aborda la elección y el uso de materiales y de estructuras murales, con ejemplos prácticos de obras romanas y griegas, destacando especialmente las propiedades de la arena volcánica de Pozzuoli (pulvis puteolanus) para la fabricación de hormigón hidráulico. El libro III describe los distintos tipos de templos y establece normas de proporción y simetría para sus planimetrías y sus partes, prestando especial atención al orden jónico. La columna adquiere una importancia central, ya que regula matemáticamente las proporciones del templo. El libro IV trata sobre los templos dóricos, corintios y toscanos e incorpora preceptos técnicos y rituales de construcción.

El libro V se dedica a los edificios de utilidad pública: foros, basílicas, erarios, cárceles, curias, teatros, pórticos, baños, palestras y puertos. En este apartado, Vitruvio demuestra sus conocimientos técnicos, especialmente en lo relativo a teatros y puertos, donde describe el uso de vasos de bronce afinados armónicamente para mejorar la acústica (echea). Se aprecia un carácter innovador al mencionar y describir brevemente una obra propia: la basílica de Fano. El libro VI trata sobre los edificios privados y supone un distanciamiento respecto a los tratadistas griegos, pues Vitruvio reflexiona sobre cómo el clima y las costumbres determinan las diferencias en la disposición de las viviendas griegas y romanas. El libro VII ofrece preceptos prácticos para los acabados, como enjalbegados, pavimentos y decoraciones esculpidas o pintadas, que confieren a los edificios venustatem y firmitatem.

En el libro VIII, Vitruvio se presenta como un estudioso de la hidráulica y constructor de conductos hidráulicos y aborda cuestiones relacionadas con la ingeniería del agua, incluyendo métodos para descubrir manantiales subterráneos observando la vegetación y los vapores matutinos. El libro IX trata de problemas geométricos y astronómicos aplicados a la gnomónica. Finalmente, en el libro X, retomando conocimientos griegos, se abordan la mecánica y las máquinas de paz y de guerra. En esta última parte, el autor se adentra en un campo de gran interés para él, aunque su lectura resulta difícil para el lector moderno debido a la pérdida de las ilustraciones originales y a la ausencia de un lenguaje técnico consolidado en latín. En este sentido, Vitruvio intentó crear un nuevo lenguaje técnico para describir la arquitectura, transliterando términos griegos o inventándolos en latín, un esfuerzo que algunos especialistas modernos han valorado como innovador.

Conceptualmente, el pensamiento de Vitruvio se inspira en un racionalismo aritmético heredado de la escuela pitagórica, que se complica al combinarse con principios prácticos. La experiencia constructiva interviene continuamente en su juicio, por lo que, desde un punto de vista teórico, algunas ideas resultan confusas y otras categorías no pueden interpretarse con seguridad, como ordinatio, dispositio, distributio, euritmia o symmetria.  Entre sus conceptos más influyentes se encuentra la tríada vitruviana: la estabilidad, la utilidad y la belleza (firmitas, utilitas y venustas), que se presentan como cualidades inseparables de una estructura bien concebida. Estas ideas no solo se aplican a edificios públicos, sino también a las residencias privadas, especialmente a las villas de los más ricos, en las que Vitruvio hace hincapié en la decoración interior, la pintura mural y el estuco, así como en la orientación y la función de cada estancia.

A lo largo de los siglos, De Architectura tuvo una fortuna variable. Aunque se conoció y se empleó en la Edad Media —siendo copiado en monasterios como el de Saint Gall—, no ejerció una verdadera influencia sobre el pensamiento artístico hasta el Renacimiento, cuando figuras como León Battista Alberti retomaron y difundieron sus ideas. El redescubrimiento y la difusión del tratado se vieron favorecidos por la imprenta y la edición príncipe de 1486, publicada en Roma por Giovanni Sulpicio da Veroli, resultó decisiva para que los artistas renacentistas accedieran a las formas arquitectónicas de la antigüedad grecorromana. En el siglo XVI, la fama de Vitruvio superó los méritos reales de su obra y se convirtió en un canon rígido de la arquitectura antigua, interpretado de manera normativa en muchos tratados posteriores. En este periodo, el tratado se publicó en numerosos países y se consolidó como una fuente documental insustituible, no solo por su información sobre arquitectura, sino también sobre pintura y escultura, así como por las noticias que aporta sobre artistas y obras.

La influencia de Vitruvio se observa tanto en la evolución de la arquitectura renacentista como en la creación de imágenes emblemáticas como el Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci (c. 1490). Este dibujo se basó en pasajes de De Architectura y refleja la idea, que se remonta al pensamiento pitagórico y platónico, de que el cuerpo humano es un modelo de proporción y armonía. La idea de que la geometría se deriva de la forma humana y de que las proporciones del cuerpo pueden inscribirse en figuras geométricas como el círculo y el cuadrado convirtió al Hombre de Vitruvio en un símbolo de la conexión entre la naturaleza, las matemáticas y la arquitectura.

Entre las traducciones más importantes destaca la versión italiana de Cesare Cesariano, publicada en 1512 en Como bajo el título Di Lucio Vitruvio Pollione e Cesare Augusto de Architetture… translato in vulgare sermone commentato et affigurato da Cesare Cesariano. Esta edición fue el primer intento de traducir el tratado al italiano y se acompañó de un extenso comentario con numerosas citas de autores clásicos como Plinio el Viejo. Aunque fue criticada por la oscuridad de su lenguaje, supuso un avance importante, ya que se revisaron los códices con método y se ofreció una rica presentación tipográfica. Sus adiciones y comentarios ejercieron una gran influencia en ediciones posteriores hasta que la traducción veneciana de Daniele Barbaro, ilustrada por Andrea Palladio, la superó en claridad y rigor.

En conjunto, Vitruvio puede considerarse una figura clave en la historia de la arquitectura y la ingeniería. Su tratado no solo documenta la técnica constructiva romana, sino que también plantea principios teóricos sobre proporción, belleza y funcionalidad que han perdurado a lo largo de los siglos y siguen siendo una referencia en la cultura arquitectónica occidental.

Dejo un par de videos sobre este eminente personaje. Espero que os sean de interés.

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El puente de Quebec: la doble tragedia que forjó el «Anillo de Hierro» de los ingenieros

Puente de Quebec, Canadá. Por Murielle Leclerc, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=20033047

Introducción: El puente que tuvo que caer para enseñar a construir.

Las grandes obras de la humanidad a menudo esconden historias de sacrificio y fracaso. Las estructuras que hoy admiramos por su grandeza fueron, en su momento, escenarios de tragedias que nos obligaron a aprender de la peor manera posible. Pocos ejemplos son tan crudos y reveladores como el del puente de Quebec, en Canadá. Su historia no solo es la de un colapso, sino también la de una catástrofe que sacudió los cimientos de la ingeniería y redefinió para siempre el significado de construir con responsabilidad.

La catástrofe del puente de Quebec no solo fue una tragedia de acero retorcido y vidas perdidas, sino también el catalizador que forjó una nueva conciencia ética en toda una profesión. Su legado no se mide en toneladas de acero, sino en los principios que hoy rigen la profesión de la ingeniería en Canadá y en todo el mundo.

A continuación, desvelamos cinco datos impactantes y poco conocidos sobre su catastrófica construcción que transformaron la ingeniería moderna.

1. El desastre ocurrió dos veces, no una.

La memoria colectiva recuerda el estruendoso colapso de 1907, pero la trágica historia del puente de Quebec no terminó ahí. La estructura falló catastróficamente en dos ocasiones distintas, con nueve años de diferencia entre ellas.

El primer colapso, ocurrido el 29 de agosto de 1907, se produjo durante la fase final de la construcción del brazo sur. Sin previo aviso, casi 19 000 toneladas de acero se precipitaron al río San Lorenzo en menos de 15 segundos. El estruendo fue tan violento que los habitantes de la ciudad de Quebec, situada a diez kilómetros de distancia, creyeron que se trataba de un terremoto. Murieron 75 trabajadores (otras fuentes hablan de 76). La investigación posterior determinó que la causa inmediata había sido el fallo por pandeo del cordón de compresión A9L, una viga masiva situada cerca del pilar principal, debido a un diseño deficiente de su entramado interno.

Desastre del puente de Quebec. Restos tras el colapso del tramo sur en 1907, que causó la muerte de 75 personas. Courtesy of Dominion Bridge Company Ltd./Library and Archives Canada/PA-109498

El segundo colapso (11 de septiembre de 1916) ocurrió durante el rediseño y la reconstrucción del puente. Mientras se izaba la sección central de 5000 toneladas para conectar los dos brazos del puente, se fracturó una pieza de fundición del equipo de elevación. La enorme pieza de acero se desplomó al río ante la mirada de miles de espectadores, llevándose la vida a otros trece trabajadores.

Como sombrío monumento a la tragedia, esa sección central, caída en 1916, todavía descansa en el lecho del río San Lorenzo. Este doble desastre subrayó la inmensa dificultad del proyecto y la necesidad de revisar por completo las prácticas y la ética de la ingeniería.

2. La «arrogancia» de un solo ingeniero fue la causa raíz.

El colapso de 1907 no fue un simple error de cálculo, sino que, en gran medida, fue el resultado de la soberbia profesional. La Comisión Real de Investigación, creada para analizar el desastre, señaló a un responsable principal: Theodore Cooper, uno de los ingenieros de puentes más prestigiosos de Estados Unidos de su época.

La arrogancia de Cooper se puso de manifiesto en una serie de decisiones fatales. La más grave fue ordenar, para ahorrar costes, alargar el vano principal del puente de 490 a 550 metros. Como concluyó la Comisión, se cometió «un grave error al asumir el peso muerto en los cálculos con un valor demasiado bajo y al no revisar posteriormente esta suposición». El peso real de la estructura era entre un 10 % y un 30 % mayor que el calculado, lo que constituyó un fallo directo de su supervisión. Su mala salud le impidió visitar la obra, por lo que la dirigió desde su oficina en Nueva York.

Esta negligencia se convirtió en una tragedia cuando Norman McLure, un joven ingeniero contratado por Cooper para inspeccionar la zona, empezó a enviar informes alarmantes. Las vigas de compresión inferiores, los cordones masivos que soportaban el peso, mostraban un pandeo visible, es decir, se estaban doblando. Cuando McLure se lo comunicó, la primera reacción de Cooper fue mostrarse incrédulo: «¿Cómo ha podido suceder eso?». Cooper desarrolló su propia teoría a distancia: las vigas debían haber sido golpeadas por equipos de elevación. McLure investigó y no encontró ninguna prueba. Las vigas continuaban doblándose bajo el peso mal calculado.

La arrogancia de Cooper alcanzó su punto álgido cuando Robert Douglas, un ingeniero del Gobierno canadiense, criticó las tensiones inusualmente altas de su diseño. Cooper respondió de forma tajante:

“This puts me in the position of a subordinate, which I cannot accept.”

La tragedia fue el resultado de un fallo de comunicación. El 29 de agosto, tras la insistencia de McLure, Cooper envió por fin un telegrama a la oficina de la constructora en Pensilvania en el que escribió: «No añadan más carga al puente». Sin embargo, asumió que el mensaje se transmitiría y que se detendrían los trabajos. No fue así. La gerencia del lugar ignoró la orden y decidió esperar hasta el día siguiente para actuar. A las 17:30 h de esa misma tarde, el puente se derrumbó.

3. La tragedia transformó para siempre a la comunidad Mohawk.

La catástrofe de 1907 no solo fue una tragedia de ingeniería, sino también un profundo trauma cultural para la comunidad Mohawk de Kahnawake, cuyos hombres eran reconocidos por su extraordinaria habilidad y valentía para trabajar en las alturas.

El coste humano fue devastador. De los 75 trabajadores que murieron en el primer derrumbe, 33 eran hombres Mohawk de la pequeña comunidad de Kahnawake. La pérdida fue tan grande que cuatro apellidos de la comunidad desaparecieron por completo tras la tragedia.

Lo que sucedió después fue un acto de resiliencia social sin precedentes. Las mujeres Mohawk, en un acto de «decisión matriarcal histórica», se reunieron y dictaminaron una nueva ley para proteger a su pueblo: nunca más se permitiría que los hombres de Kahnawake trabajaran todos juntos en un mismo proyecto de construcción. A partir de ese momento, debían dispersarse en pequeños grupos por toda Norteamérica.

Esta decisión tuvo una consecuencia inesperada y extraordinaria. Los herreros Mohawk se extendieron por Canadá y Estados Unidos, convirtiéndose en una fuerza laboral de élite en la construcción de los rascacielos más icónicos de Nueva York, como el Empire State Building, el Chrysler Building, el puente George Washington y, décadas después, el World Trade Center.

Anillo de hierro usado por los ingenieros canadienses – Imagen: WikiMedia.

4. El famoso anillo de hierro de los ingenieros no proviene del puente (pero la razón es más profunda).

En Canadá, los ingenieros recién graduados participan en una ceremonia solemne llamada «El Ritual de la Vocación de un Ingeniero», en la que reciben un anillo de hierro que llevan en el dedo meñique de la mano con la que escriben. Durante décadas ha circulado la poderosa leyenda de que los primeros anillos se fabricaron con el acero del puente de Quebec que se derrumbó.

Aunque es una historia bonita, es falsa. Fuentes oficiales, como «The Corporation of the Seven Wardens», que administra el ritual, confirman que se trata de un mito simbólico. Sin embargo, su verdadero origen está directamente ligado a una tragedia. El profesor H.E.T. Haultain, al sentir que la profesión necesitaba un «nexo de unión» moral, impulsó la creación de un juramento. Para ello, contó con la ayuda de una de las figuras literarias más importantes de la época: el autor y premio Nobel Rudyard Kipling.

Kipling escribió el texto del juramento (la «Obligación») y ayudó a diseñar el anillo. La primera ceremonia tuvo lugar el 25 de abril de 1925. La razón por la que se refuta activamente el mito es profunda: los anillos se fabrican con acero inoxidable estándar para garantizar que el mensaje sea la responsabilidad, no la superstición. Su superficie áspera sirve de recordatorio constante de las consecuencias de un trabajo mal hecho y del deber de servir a la humanidad por encima de todo.

Conclusión: un monumento de acero y una lección eterna.

Hoy en día, el puente de Quebec sigue en pie. Ostenta el récord del puente tipo ménsula más largo del mundo y es un eslabón vital del transporte en Canadá. Sin embargo, su verdadera grandeza no radica en sus miles de toneladas de acero, sino en las lecciones indelebles que se aprendieron de sus escombros. Es un monumento a las 88 personas que perdieron la vida en sus dos derrumbes y un recordatorio perpetuo de las consecuencias del error y de la arrogancia humana.

Su legado más duradero es invisible: los estándares éticos y la cultura de la responsabilidad que obligó a crear. El Ritual de la Vocación de un Ingeniero, nacido de su fracaso, ha sido adoptado por más de medio millón de ingenieros y se ha convertido en un poderoso símbolo de la profesión. La tragedia nos dejó una pregunta que sigue resonando hoy con más fuerza que nunca: ¿qué «puentes» estamos construyendo hoy con las nuevas tecnologías y prestando suficiente atención a las lecciones de humildad y responsabilidad que nos dejó esta tragedia de hace más de un siglo?

En este audio se recoge una conversación en la que se analizan los aspectos más relevantes de los desastres sufridos por este puente y por el Anillo de Hierro.

Este vídeo constituye una buena síntesis de las ideas fundamentales del artículo.

En este documento se sintetiza la información anterior.

Pincha aquí para descargar

Referencia:

Pearson, C., & Delatte, N. (2006). Collapse of the Quebec bridge, 1907. Journal of performance of constructed facilities, 20(1), 84-91.

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