La ciudad que se repara sin abrirse en canal

Las tecnologías sin zanja permiten renovar tuberías y colectores reduciendo excavaciones, residuos, tráfico y molestias. La experiencia de Murcia muestra cómo estas técnicas pueden convertirse en una alternativa para afrontar el envejecimiento de las redes de agua, que requieren una mayor inversión.

Bajo el asfalto de las ciudades existe una infraestructura que casi nunca vemos y que, sin embargo, sostiene una parte esencial de nuestra vida cotidiana. Kilómetros de tuberías llevan agua potable hasta los edificios y transportan las aguas residuales hacia las instalaciones donde serán tratadas. Muchas de esas redes fueron construidas hace décadas y ahora necesitan ser renovadas. El problema es cómo hacerlo sin convertir las calles en grandes obras durante semanas o meses.

Verdú y Gázquez (2025), de Aguas de Murcia, sitúan el envejecimiento de estas infraestructuras entre los principales retos de la gestión del agua. Una parte importante de las redes españolas se instaló entre las décadas de 1960 y 1980 y muchas conducciones han alcanzado o se aproximan al final de su vida útil. Mientras las necesidades de renovación se sitúan, según los datos recogidos, en torno al 2 % anual, la inversión actual ronda el 0,4 %. La edad media de las redes de abastecimiento es de aproximadamente 40 años.

Renovar menos de lo necesario no solo implica aplazar una obra. El envejecimiento de las redes se relaciona con problemas de servicio, de salud pública, costes económicos, impacto ambiental, escasez de agua y pérdida de eficiencia hidráulica y energética. Frente a una estrategia basada principalmente en reparar cuando aparece una avería, la propuesta pasa por planificar la renovación con una visión más amplia y a largo plazo.

Ahí aparece una alternativa que propone intervenir bajo tierra sin necesidad de abrir grandes zanjas: las tecnologías sin zanja, conocidas como TSZ. Su objetivo es rehabilitar, renovar o instalar conducciones, reduciendo las actuaciones en superficie. No se trata de una única técnica, sino de un conjunto de soluciones que incluye sistemas como el bursting, las mangas, el spray lining o la perforación dirigida.

La diferencia con una obra convencional puede entenderse al observar lo que ocurre cuando se abre una calle. El método tradicional requiere excavar, preparar el lecho de la zanja, instalar la tubería, realizar los anclajes, rellenar y compactar y, después, reponer la superficie. Las TSZ permiten reducir o evitar gran parte de estas operaciones. Menos tierra que mover también significa menos transporte, menos maquinaria, menos reposiciones y menos tiempo de ocupación de la vía pública.

La cuestión no afecta únicamente a la comodidad de quienes circulan por la ciudad. Una obra con zanjas puede modificar itinerarios, generar atascos, producir polvo, afectar a los comercios y aumentar el tiempo que los ciudadanos dedican a sus desplazamientos. Estos factores deben considerarse al analizar los llamados costes sociales de una intervención.

Los números de uno de los estudios recogidos por Verdú y Gázquez (2025) ilustran la diferencia. Para el proyecto analizado, los costes sociales alcanzan los 8.183 dólares por metro con el método tradicional, frente a los 384 dólares por metro con la tecnología sin zanja. La distancia entre ambas cifras es de 21 veces. En el apartado ambiental, la diferencia es menor, aunque también favorable a las TSZ: 288,7 dólares por metro frente a 390,2, lo que supone un ahorro del 35 %.

El impacto en el entorno también se relaciona con la cantidad de materiales y recursos que requiere una obra. Las tecnologías sin zanja reducen el movimiento de tierras y el transporte a vertederos autorizados, disminuyen las necesidades de asfaltado y reposición y pueden reducir el movimiento de maquinaria y el consumo de combustibles fósiles. Estos factores se relacionan con una menor emisión de dióxido de carbono.

La seguridad constituye otro de los argumentos utilizados para defender este tipo de intervención. El material advierte sobre los riesgos asociados a las zanjas y señala que en Europa se registran 120 muertes y 6.000 heridos cada año. Frente a esas condiciones, las TSZ se presentan como una alternativa que permite reducir los accidentes laborales y las afectaciones a otros servicios subterráneos. También ofrecen una menor dependencia de las condiciones meteorológicas y pueden reducir los costes y la duración de las obras.

El beneficio puede ser especialmente visible en una ciudad en funcionamiento continuo. Allí donde una excavación podría obligar a cortar una calle y alterar el tráfico, una intervención subterránea busca mantener la actividad urbana mientras se trabaja bajo tierra. El planteamiento es sencillo: reparar la infraestructura sin que la ciudad tenga que detenerse.

Murcia utiliza estas tecnologías desde hace más de dos décadas. La experiencia de Aguas de Murcia incluye fresado, bursting, mangas Packers y perforación dirigida, además de soluciones incorporadas posteriormente como spray lining y distintos sistemas de mangas. La empresa plantea como objetivo potenciar estas técnicas y convertirlas en la primera opción para la rehabilitación.

Los datos aportados permiten medir la evolución de esta apuesta. La red de saneamiento de Murcia alcanza los 1.634 kilómetros, de los cuales el 1,9 % ha sido rehabilitado mediante tecnologías sin zanja. El gasto anual destinado a estas actuaciones pasó de 466.000 euros en 2019 a 900.000 euros en 2024. La longitud media rehabilitada es de 2.800 metros al año.

Los casos prácticos muestran que no existe una única forma de aplicar estas tecnologías. En la plaza de Santa Eulalia, junto a un conjunto amurallado histórico, se rehabilitaron 75 metros de un colector de 600 milímetros mediante manga ultravioleta. El objetivo era resolver las filtraciones y recuperar las características de la conducción sin recurrir a una excavación convencional.

Uno de los proyectos descritos afecta al colector S1, infraestructura crítica para el transporte de aguas residuales hacia la estación depuradora. La conducción, muy deteriorada, recoge aguas de más de ocho pedanías y barrios de Murcia y pasa por debajo de una plataforma ferroviaria. En este caso se utilizó el sistema bursting para introducir una tubería de polietileno de 800 milímetros y rehabilitar 600 metros de conducción.

Otro ejemplo es el colector ovoide de Santa Cruz, una conducción muy deteriorada que discurre por una carretera de alto tráfico. Se rehabilitaron 95 metros mediante un sistema de manga UV. También en Puente Viejo se recurrió a una solución diferente: 75 metros de una conducción de fundición de 450 milímetros fueron renovados internamente mediante resina de poliurea aplicada con Spray Lining.

Las técnicas también se han utilizado para prevenir posibles afectaciones al medio natural. En la impulsión de Alquerías, situada a su paso por el río Segura, se rehabilitaron 50 metros de una conducción de 400 milímetros mediante una manga por columna de agua. El problema planteaba la posibilidad de vertidos al río y de elevados costes de reparación. El resultado descrito fue un tramo completamente rehabilitado y estanco.

No todos los argumentos a favor de las TSZ son económicos o técnicos. También se plantea la cuestión de cómo decidir qué infraestructuras renovar y cuándo. Las tarifas limitadas, la búsqueda de retornos rápidos y la preferencia por el mantenimiento correctivo pueden obstaculizar las inversiones necesarias para renovar las redes. La propuesta consiste en valorar las actuaciones pensando también en sus efectos a medio y largo plazo.

Esa decisión tiene, además, una dimensión ciudadana. Es necesario explicar a la población qué hay detrás de las tarifas y de las inversiones en las redes de agua. Mantener precios bajos puede entrar en conflicto con la necesidad de financiar la renovación de infraestructuras envejecidas. Para los autores del material, la sostenibilidad requiere combinar los objetivos económicos, ambientales y sociales.

La discusión cambia cuando se contabiliza el coste total de una obra. El precio de construir una conducción es solo una parte de la factura. También existen costes derivados del tráfico, del consumo de combustible, de los residuos, de las reposiciones, de las molestias a los ciudadanos o de la actividad comercial. Estos factores deberían formar parte de la comparación entre las alternativas.

El reto, por tanto, no consiste simplemente en elegir entre una zanja y una tecnología distinta. Se trata de decidir cómo las ciudades quieren renovar sus infraestructuras envejecidas sin interrumpir su actividad cotidiana. Las tecnologías sin zanja ofrecen una vía que reduce la intervención en la superficie y que, según los datos recopilados, puede aportar ventajas económicas, ambientales y sociales.

La experiencia de Murcia muestra que esas técnicas ya forman parte de la gestión de sus redes. Además, todo apunta a una expansión de su uso, especialmente en el marco de una estrategia vinculada a la economía circular. Para que esa transformación avance, plantea dos condiciones: valorar todos los costes e impactos de cada proyecto y continuar desarrollando soluciones que reduzcan los costes de construcción.

Las tuberías seguirán ocultas bajo las calles. La diferencia puede estar en cómo se decide repararlas cuando envejecen. Frente a la imagen tradicional de una ciudad levantada por una zanja, las tecnologías sin zanja proponen otra posibilidad: intervenir bajo tierra y mantener, en la medida de lo posible, la ciudad en funcionamiento sobre ella.

Aquí tenéis un vídeo que os he grabado al respecto. Espero que os resulte de interés.

En este vídeo se resumen las ideas más interesantes de este tema.

Referencia:

Verdú, C., & Gázquez, P. (2025). Las TSZ 1.ª opción social, medioambiental y económica [Material del XI Curso de Postgrado Especialista en Tecnologías Sin Zanja]. Aguas de Murcia.

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